Tercera Carta de Baltasar

Julio del año IX, Baltasar escribe de nuevo a su padre…

BALTASAR: III EPISTOLA

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El Rey que no reinaba en su pueblo

sulaymanDecían que era justo, creativo, valiente y tenaz. Y razón no les faltaba… pero también tenía una grave enfermedad que envenenava su sangre haciendo que sus ojos, tan enrojecidos, fuesen incapaces de ver más allá de ignorancia, incultura y estupidez en todos los que le rodeaban.

Y no era ese su pecado, sino su maldición, porque hubiera sido justo, creativo, valiente y tenaz de no haberse dejado cegar por tan amargas bilis. Fueron muchos los que, viéndole sufrir, pensaron en acercarse para ofrecerle remedio, pero les inspiraba tanto temor que desistían al figurar que, aún habiéndole curado, sus cabezas podían rodar por el suelo de la Plaza Mayor por el hecho de que el Rey sospechase de otros propósitos distintos a los logrados.

Y ese era el dolor, de los que ansiaban salvar su alma…

…(continúa)

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Epístolas de Baltasar

Querído Padre:

Esta mañana he sentido, como otras veces, que núnca dejaré de ser tan insignificante como una estrella en la cúpula celeste. Me esfuerzo día a día por formar parte de esta sociedad, pero resulta tan complicado que todos mis esfuerzos se escapan por el agujero de la bolsa y al final solo queda un montoncito de arena junto a los piés (éso si bajas la cabeza para mirarlo).

Por ello te pido, Padre mío, que reces por que encuentre sentido a mis esfuerzos. Bien sabes que sólo busco el bien y la paz para todos, pero parecen no querer escucharlo. Mi voz no silencia su gritos y sufro de la ignorancia que no puedo remediar.

He pasado todo el día meditando, como tu me enseñas. Buscando en mi recuerdo los errores que me llevan a la fría prisión de la soledad, y sigo sin encontrar la llave. Querido Padre, solo la presencia de tu alma es capaz de consolarme.

Tu hijo que te honra,

Baltasar

…(siguiente epístola)

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Génesis

LA SEMILLA

Hace mucho tiempo, un gran guerrero atravesaba los picos del norte para llevar un mensaje a su señor. Cabalgaba día y noche atravesando pueblos y ciudades dirección sur vencido por el agotamiento, pero no se podía detener porque el mensaje que guardaba en su zurrón era tan importante que temía que se lo arrebataran porque ya no sentía las fuerzas necesarias para defenderlo y además eran muchos los que codiciaban poseer el secreto que encerraba.

Pasaron los días y el caballero, con los ojos más en el otro mundo que en este, se encontró en un paraje deshabitado, una hermosa planicie rodeada de ríos. Su propio cuerpo era incapaz de sostenerse, y su consciencia estaba tan turbada que apenas podía percibir la realidad. Miró al cielo y la luz del sol rompió su mirada y sintió como, mientras se desvanecía, iba resbalando de su montura hasta caer, ya desfallecido, sobre el lecho de tierra…

…(continúa)

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